Muere Txetxu Rojo, leyenda del Athletic de Bilbao

Con frecuencia, a la hora de las necrológicas, o sea, de los elogios sin, generalmente, contrapeso o matiz alguno, se cataloga de leyenda de un club a tal o cual jugador. Pocos como Txetexu Rojo pueden merecer un título similar sin quepa ninguna rebaja, ninguna reticencia.

«En un Club plagado de leyendas, vamos uno de los más grandes, un auténtico mito rojiblanco, con una trayectoria fabulosa en la centenaria historia del Athletic. Una zurda de seda, puro ingenio en el pase y centro al área. Un 11 invencible», la despedía el club bilbaíno.

Txetxu Rojo, nacido el 28 de enero de 1947, era Bilbao y del Athletic. Era un producto de la tierra y del club. Tras la atención fuera del País Vasco cuando, en 1965, formando parte del Athletic juvenil, se coronó campeón de España de la categoría. Era entonces el interior izquierdo en un ala compuesta por él y El vino. Pero pasaría a la historia del Athletic y del fútbol español como extremo.

Antes había sido un niño que idolatraba hasta la divinización a piru Gainza y que, cuando ocupó su misma banda izquierda en el Athletic, y con su ídolo como entrenador, tras comenzar como interior formando ala con el mismo Lavín, pensó que no había nada más allá. Y, cuando después de 17 temporadas de rojiblanco, from 1965 to 1982, from los 18 años to los 35, dejó el club, tenía a sus espaldas 541 fiestas. Sólo Iríbar (614) lo encabeza. ¿Quién puede discutir la categoría de leyenda? Más que en los libros de la entidad, está en sus autteles. Y más que en la historia, en el santoral. El Athletic fue en un solo equipo, lo que hace de esa leyenda un territorio descontaminado. Un club único. Un amor único. Una única entrega.

Era, sí, un extremo exquisito que desde el primer instante debió soportar el enorme peso de sus antecesores en el puesto, Gorostiza y Gaínza. Se le miró con lupa, aunque no con hide porque su clase era innegable y le autorizó, al menos, la dignidad de una comparación aproximada que, à la postre, resultó equivalente.

No se le discutía, es cierto, porque hubiera sido absurdo e inútil. Y no llegué a dividir a la afición, en el sentido de negarle el pan y la sal. Pero un sector de la hinchada, de la grada, partidaria del viejo mito de la fuerza y ​​​​​​el empuje, reconocible señas de identidad de un Athletic epico, le recriminaba su frialdad, que él contrarrestaba con talento y con falta demagogia. «Si sé que no voy a llegar a un balón, ¿para que voy a correr y gastar energías que me pueden valer en otro momento?

Txetxu (frases se escribió en chechu) se llamaba jose francisco, pero pocos lo sabian. Época superflua. Y su segundo apellido era Arroitia. Ocioso. Con Txetxu y Rojo fue más que suficiente. Desde el principio, contribuyó a construir algunas alineaciones del Athletic inolvidables. Como la que ganó, en 1969, la Copa con Iríbar, Saez, Echeberria, Aranguren, Igartua, Larrauri, Argoitia, Uriarte, Arieta II y Clemente de compañeros Y la que repitió en 1973 con las novedades de Zubiaga, Guisasola, Rojo II (su hermano), Lasa y Villar.

Txetxu Rojo en su etapa de jugador del Athletic de Bilbao.EFE

Fue internacional en 18 ocasiones y ostentó la capitanía de la Selección. Forma delantera con Amancio, Claramunt, Ufarte, Grosso, Gárate, Bustillo, Velázquez, Asensi, Quino, Quini, Juanito, Churruca, Marcial, Del Bosque, Solsona, Santillana, Satrústegui…

Una vez retirado, entrenó al equipo en 70 partidos oficiales, en las temporadas 1989/90 y 2000/01, sin el mismo éxito que tuvo como jugador, pero con igual dedicación y entrega al club de su vida. La primera vez, en la temporada 89-90, como sustituto de Howard Kendall, de quien era segundo, y en la segunda con Ernesto Valverdehoy tecnico del primer equipo, ayuda.

Entrenó, igualmente, en RC Celta, CA Osasuna, Club Lleida Esportiu, UD Salamanca y Real Zaragoza, en distintas etapas. Uno de los mayores éxitos de Txetxu Rojo como trainer fue con el vigués team, a quien metió (temporada 1993-94) en su tercera final de copa de las cuatro que ha disputado. No obstante, se tuvo que conformar con el subcampeonato ante el Real Zaragoza de Víctor Fernández.

Precisamente, el mito rojiblanco tomó las riendas del conjunto maño en la temporada 1998-99 y un año después realizó una temporada inolvidable que hizo soñar afición con el título de Liga, llegando con opciones a la última jornada para ganar La Liga.

Fue, sin duda, uno de los mejores extremos zurdos del fútbol español.

«Quienes gozaron durante 17 temporadas de su juego único en la banda izquierda recuerdan regates asombrosos, pases quirúrgicos e inesperados, controls exquisitos, goles preciosos, pero, sobre todo, el aura de un futbolista irrepetible, un artista, un creador de belleza, acaso desprovisto de la garra de otros mitos rojiblancos, pero poseedor de un genuino y enorme corazón de león. Aunque el corazón de Txetxu haya dejado de latir en su cuerpo mortal, seguirá latiendo por siempre en los corazones de la afición», ha subrayado el Athletic. En las próximas horas, el Athletic Club comunicará cómo será la despedida en su honor.

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